viernes, 21 de noviembre de 2014

El Director, Amantes de despacho.

El sueño de toda colegiala con una mente calenturienta es poder ligarte a uno de tus profesores, poder salir a cenar con él, tomarte un par de copas y si hay suerte, quien sabe, quizás llevártelo a la cama.
Pues yo sin planteármelo  una sola vez he cumplido ese sueño que muchas alumnas desearían poder ver realizado. Me llamo Laura y soy una universitaria que esta ni más ni menos que liada con no un profesor cualquiera, sino con el mismísimo director.

Mi vida es bastante penosa, mi padre falleció hace cinco años en una guerra en Afganistán y mi madre tras ello cayó en una terrible depresión que hizo que se perdiera en el alcoholismo el cual también se la llevo. Ahora vivo en la casa de mis padres pero he de cuidar a mi abuelo, un anciano de más de noventa años con algunos síntomas de alzhéimer, un leve grado de sordera y una enfermedad degenerativa que hace que poco a poco tenga menor vista.

Mi casa me recuerda a mis padres y la casa de mi abuelo me recuerda a mi madre, mi vida era una mierda después de todo lo sucedido, mis notas descendieron en picado y yo misma acabe en una espiral de antidepresivos y alcohol, pero todo esto cambio hace cosa de ocho meses, cuando conocí a Don Alberto, el director de mi universidad.

Alberto y yo no tenemos tanta diferencia de edad, yo he repetido cursos durante 3 años por lo que soy la alumna más veterana sin contar con los estudiantes que están en la universidad para adultos. Tengo 26 años y el director tiene 32, por lo tanto no es raro que dos personas con tan poca diferencia de edad pueda llegar a ser pareja, pero claro, el es Director y yo soy una simple alumna mas.
Como todos los lunes, miércoles y viernes tengo una cita concreta en el despacho del director.
La secretaria siempre me mira extraño, pero no puede evitar asentir con la cabeza para darme paso. Llamo a la puerta y desde dentro del despacho una grave voz me invita a pasar.

- Cierra la puerta. Dice desde su escritorio dejando todo lo que estaba haciendo para contestarme con una sonrisa. Giro la llave y camino hasta uno de los dos butacones frente al escritorio, pero Alberto también se levanta, me mira de arriba abajo y me acorrala contra el escritorio. Yo nunca digo nada, pero él sabe para qué son nuestras reuniones, cuela la mano bajo mi falda gris y busca con sus dedos hasta chocar con mis bragas, sonríe y aprieta con intensidad.
Luego con la otra mano que sobra desabrocha un par de botones de mi camisa, hoy su cara cambia mostrando sorpresa. - ¿Por qué traes ropa interior? Me pregunta con cierta pena y molestia al mismo tiempo.
- No pude quitármelo antes de venir. Respondo yo con la cabeza baja, parece que no le importa mucho, acaricia mi mentón y eleva mi rostro para mirarme fijamente con una cruel pero enternecedora sonrisa. – Quítatelo. Me ordena en voz baja y sedosa como intentando provocarme.
Primero me quito las bragas y se las entrego, sonríe agradecido, las huele y se las guarda en el bolsillo derecho de sus pantalones, a continuación suelto mi sujetador y me lo quito por las mangas de la blanca camisa, eso no le interesa demasiado y lo deja abandonado sobre el escritorio.
Su mano vuelve bajo la falda, buscando lo que tanto ansia, acaricia mis muslos directos a mi pubis, lo acaricia completamente y se centra en los labios, poco a poco los abre con sutileza, a penas está usando dos dedos y ya ha conseguido llegar a mi clítoris, lo mima suavemente, le da un par de pellizcos y hunde su mano mas dentro para llegar a la entrada de mi vagina, donde mete dos curiosos dedos y los mueve en círculos, en este momento he de admitir que ya estoy totalmente mojada y jadeante. Alberto es capad de hacerme enloquecer son un solo suspiro en mi cuello. - ¿Qué tal te ha ido el día? Me pregunta volteándome para quedar de espaldas a él. – Bien, dentro de lo que cabe. Acaricia mis glúteos y los aprieta con fuerza. - ¿Has estado llorando de nuevo? Vuelve a preguntar alzando mi falda hasta las caderas sin dejar de acariciar mis muslos, mi coño y mi trasero. – No, bueno, anoche sí. Escucho como se baja la cremallera del pantalón y como suelta la hebilla del cinturón. – Pero, ¿has estudiado para tus exámenes y hecho tus deberes? Insiste en preguntar mientras siento como se posiciona tras de mi dispuesto a penetrarme analmente. – Lo intento y tras varios intentos lo consigo, y me olvido de pensar. Y de golpe sin darme tiempo a reaccionar con rapidez me tapa la boca con la mano para envestir con fuerza dentro de mi culo haciendo que me retuerza de dolor y placer al mismo tiempo. – Procura no gritar. Dice con calma y en voz baja mientras aun acallándome me enviste varias veces más con fuerza haciendo que mi cuerpo se doble contra el escritorio. – Debes ser fuerte, no pienses mas, sigue centrada en tus estudios. Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea. Su ritmo desciende, acaricia mi espalda mientras sigue penetrándome ahora con más suavidad, lo disfruta y yo también, siento como sale y entra de mi culo.
- ¿Qué tal ha ido tu día? Le pregunto yo alzando el culo para que no deje de follarme. – Ha sido una mierda de día, otra vez hemos discutido. Me contesta, el está casado, una mujer de su misma edad a la que no quiere y con la que se caso por capricho de la familia de ambos. Ella tampoco le quiere a él, simplemente se resigna a la vida matrimonial porque según sus familias es lo correcto. – No hablemos de esto ahora o empezare a hacerte daño. No estoy de humor. Dice en una envestida brutal que me obliga a apretar los dientes y gruñir contra mis manos para no delatarnos. La saca del todo y me levanta del escritorio viendo mi cara de dolor ante la ultima envestida, me acaricia la mejilla y me sienta al borde del escritorio invitándome a rodearle con mis piernas.
De nuevo entra en mí, me derrito ante él, su polla es del tamaño perfecto para mi, el dice que somos sexualmente compatibles porque le cabe entera dentro de mí y le provoca placer verme retorcerme de placer. Opino lo mismo, folla de una manera maravillosa siempre que no está de mal humor. Nos abrazamos y sin mediar palabra disfrutamos de nuestra polvorienta reunión entre vaivenes de caderas, jadeos en el oído del contrario y lenguas que se enredan lujuriosamente. Cuando ambos llegamos al clímax y nuestras mejillas se tiñen de rojo el me abraza con fuerza envistiendo contra mi coño por última vez para correrse bien dentro de mí. Sí, me gusta que Don Alberto se corra dentro, por eso decidí comprarme la pastilla, ambos estamos limpios de enfermedades pero no deseamos tener un hijo aun. Disfrutamos del cuerpo del otro siempre que podemos.

Mientras nos vestimos él saca un peine y un espejo de su cajón. – Adecéntate. Me dice con una sonrisa de satisfacción. – Y ponte tu sujetador, eso llamaría demasiado la atención, pero las bragas me las quedare como castigo por venir con ellas. Sonríe y me besa la frente con mucha ternura.


- Gracias Alberto. Respondo finalmente depositando un suave beso sobre sus labios. – Gracias a ti Laura, me alegras los días. ¿Te gustaría venir a casa este fin de semana? Mi mujer se va al pueblo con sus padres. Asiento encantada ¿Cómo decirle que no? El sabe que me gusta y eso le gusta, creo que ambos nos gustamos, pero no queremos decírnoslo, no, aun no, quizás otro día, aun es demasiado pronto.

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