El sueño de toda colegiala con una mente calenturienta es
poder ligarte a uno de tus profesores, poder salir a cenar con él, tomarte un
par de copas y si hay suerte, quien sabe, quizás llevártelo a la cama.
Pues yo sin planteármelo una sola vez he cumplido ese sueño que muchas
alumnas desearían poder ver realizado. Me llamo Laura y soy una universitaria
que esta ni más ni menos que liada con no un profesor cualquiera, sino con el mismísimo
director.
Mi vida es bastante penosa, mi padre falleció hace cinco
años en una guerra en Afganistán y mi madre tras ello cayó en una terrible depresión
que hizo que se perdiera en el alcoholismo el cual también se la llevo. Ahora
vivo en la casa de mis padres pero he de cuidar a mi abuelo, un anciano de más
de noventa años con algunos síntomas de alzhéimer, un leve grado de sordera y
una enfermedad degenerativa que hace que poco a poco tenga menor vista.
Mi casa me recuerda a mis padres y la casa de mi abuelo me
recuerda a mi madre, mi vida era una mierda después de todo lo sucedido, mis
notas descendieron en picado y yo misma acabe en una espiral de antidepresivos
y alcohol, pero todo esto cambio hace cosa de ocho meses, cuando conocí a Don
Alberto, el director de mi universidad.
Alberto y yo no tenemos tanta diferencia de edad, yo he
repetido cursos durante 3 años por lo que soy la alumna más veterana sin contar
con los estudiantes que están en la universidad para adultos. Tengo 26 años y
el director tiene 32, por lo tanto no es raro que dos personas con tan poca
diferencia de edad pueda llegar a ser pareja, pero claro, el es Director y yo
soy una simple alumna mas.
Como todos los lunes, miércoles y viernes tengo una cita
concreta en el despacho del director.
La secretaria siempre me mira extraño, pero no puede evitar
asentir con la cabeza para darme paso. Llamo a la puerta y desde dentro del
despacho una grave voz me invita a pasar.
- Cierra la puerta. Dice desde su escritorio dejando todo lo
que estaba haciendo para contestarme con una sonrisa. Giro la llave y camino
hasta uno de los dos butacones frente al escritorio, pero Alberto también se
levanta, me mira de arriba abajo y me acorrala contra el escritorio. Yo nunca
digo nada, pero él sabe para qué son nuestras reuniones, cuela la mano bajo mi
falda gris y busca con sus dedos hasta chocar con mis bragas, sonríe y aprieta
con intensidad.
Luego con la otra mano que sobra desabrocha un par de
botones de mi camisa, hoy su cara cambia mostrando sorpresa. - ¿Por qué traes
ropa interior? Me pregunta con cierta pena y molestia al mismo tiempo.
- No pude quitármelo antes de venir. Respondo yo con la
cabeza baja, parece que no le importa mucho, acaricia mi mentón y eleva mi
rostro para mirarme fijamente con una cruel pero enternecedora sonrisa. – Quítatelo.
Me ordena en voz baja y sedosa como intentando provocarme.
Primero me quito las bragas y se las entrego, sonríe agradecido,
las huele y se las guarda en el bolsillo derecho de sus pantalones, a continuación
suelto mi sujetador y me lo quito por las mangas de la blanca camisa, eso no le
interesa demasiado y lo deja abandonado sobre el escritorio.
Su mano vuelve bajo la falda, buscando lo que tanto ansia,
acaricia mis muslos directos a mi pubis, lo acaricia completamente y se centra
en los labios, poco a poco los abre con sutileza, a penas está usando dos dedos
y ya ha conseguido llegar a mi clítoris, lo mima suavemente, le da un par de
pellizcos y hunde su mano mas dentro para llegar a la entrada de mi vagina,
donde mete dos curiosos dedos y los mueve en círculos, en este momento he de
admitir que ya estoy totalmente mojada y jadeante. Alberto es capad de hacerme
enloquecer son un solo suspiro en mi cuello. - ¿Qué tal te ha ido el día? Me
pregunta volteándome para quedar de espaldas a él. – Bien, dentro de lo que
cabe. Acaricia mis glúteos y los aprieta con fuerza. - ¿Has estado llorando de
nuevo? Vuelve a preguntar alzando mi falda hasta las caderas sin dejar de
acariciar mis muslos, mi coño y mi trasero. – No, bueno, anoche sí. Escucho
como se baja la cremallera del pantalón y como suelta la hebilla del cinturón. –
Pero, ¿has estudiado para tus exámenes y hecho tus deberes? Insiste en
preguntar mientras siento como se posiciona tras de mi dispuesto a penetrarme
analmente. – Lo intento y tras varios intentos lo consigo, y me olvido de
pensar. Y de golpe sin darme tiempo a reaccionar con rapidez me tapa la boca
con la mano para envestir con fuerza dentro de mi culo haciendo que me retuerza
de dolor y placer al mismo tiempo. – Procura no gritar. Dice con calma y en voz
baja mientras aun acallándome me enviste varias veces más con fuerza haciendo
que mi cuerpo se doble contra el escritorio. – Debes ser fuerte, no pienses
mas, sigue centrada en tus estudios. Sabes que puedes contar conmigo para lo
que sea. Su ritmo desciende, acaricia mi espalda mientras sigue penetrándome ahora
con más suavidad, lo disfruta y yo también, siento como sale y entra de mi
culo.
- ¿Qué tal ha ido tu día? Le pregunto yo alzando el culo
para que no deje de follarme. – Ha sido una mierda de día, otra vez hemos
discutido. Me contesta, el está casado, una mujer de su misma edad a la que no quiere
y con la que se caso por capricho de la familia de ambos. Ella tampoco le
quiere a él, simplemente se resigna a la vida matrimonial porque según sus
familias es lo correcto. – No hablemos de esto ahora o empezare a hacerte daño.
No estoy de humor. Dice en una envestida brutal que me obliga a apretar los
dientes y gruñir contra mis manos para no delatarnos. La saca del todo y me
levanta del escritorio viendo mi cara de dolor ante la ultima envestida, me
acaricia la mejilla y me sienta al borde del escritorio invitándome a rodearle
con mis piernas.
De nuevo entra en mí, me derrito ante él, su polla es del
tamaño perfecto para mi, el dice que somos sexualmente compatibles porque le
cabe entera dentro de mí y le provoca placer verme retorcerme de placer. Opino
lo mismo, folla de una manera maravillosa siempre que no está de mal humor. Nos
abrazamos y sin mediar palabra disfrutamos de nuestra polvorienta reunión entre
vaivenes de caderas, jadeos en el oído del contrario y lenguas que se enredan
lujuriosamente. Cuando ambos llegamos al clímax y nuestras mejillas se tiñen de
rojo el me abraza con fuerza envistiendo contra mi coño por última vez para
correrse bien dentro de mí. Sí, me gusta que Don Alberto se corra dentro, por
eso decidí comprarme la pastilla, ambos estamos limpios de enfermedades pero no
deseamos tener un hijo aun. Disfrutamos del cuerpo del otro siempre que
podemos.
Mientras nos vestimos él saca un peine y un espejo de su cajón.
– Adecéntate. Me dice con una sonrisa de satisfacción. – Y ponte tu sujetador,
eso llamaría demasiado la atención, pero las bragas me las quedare como castigo
por venir con ellas. Sonríe y me besa la frente con mucha ternura.
- Gracias Alberto. Respondo finalmente depositando un suave
beso sobre sus labios. – Gracias a ti Laura, me alegras los días. ¿Te gustaría venir
a casa este fin de semana? Mi mujer se va al pueblo con sus padres. Asiento
encantada ¿Cómo decirle que no? El sabe que me gusta y eso le gusta, creo que
ambos nos gustamos, pero no queremos decírnoslo, no, aun no, quizás otro día,
aun es demasiado pronto.
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